Hay cosas que no se pueden explicar con palabras. Hay emociones que solo se sienten, como un estremecimiento silencioso, cuando tienes frente a ti algo que marcó tu vida para siempre.
Eso fue lo que sentí el día que sostuve entre mis manos la imagen más simbólica que jamás me han regalado:
las manos de Juan Formell Cortina.
Las manos de un creador que cambió la música cubana.
Porque las manos de Formell no son solo las de un músico.
Son las manos de un creador, de un visionario, de un hombre que cambió la música cubana para siempre.
Son las manos que inventaron un ritmo, que rompieron moldes, que escribieron historias que hoy son parte de nuestra memoria colectiva.
Son las manos que, sin saberlo, también me sostuvieron a mí.
Me acompañaron en momentos difíciles, me devolvieron la alegría cuando la vida pesaba, me hicieron sentir que, aunque el mundo se cayera, siempre había un compás esperándome del otro lado. Las manos de mi ídolo. Las manos de mi guía.
Un regalo que late en mi alma
Hoy tengo entre mis cosas una imagen que es mucho más que una fotografía. Es un pedazo de historia, de cariño y de alma. Es un símbolo que guardaré mientras viva.
Y ese regalo tiene un origen especial:
Me lo envió la viuda del maestro, Yaimara González, con un gesto lleno de amor y respeto hacia el vínculo que yo he construido con su legado. Y fue Samuel Formell, hijo del maestro y director de Los Van Van, quien me lo entregó en persona.
Esa combinación —una mujer que fue compañera de vida del maestro, y su hijo, heredero espiritual y musical de su obra— hizo que el regalo tuviera un peso emocional difícil de describir.
Pero aquel día ocurrió algo aún más mágico.
Un momento que no se puede ensayar.
La entrega del regalo coincidió con la visita de Roberto Hernández, una de las voces más queridas y emblemáticas de Los Van Van durante 30 años.
Nada estaba planificado. Nadie lo ensayó. Fue puro corazón.
Samuel se sentó al piano. Roberto lo miró, sonrió… y comenzó a cantar. Y entonces, juntos, me dedicaron un montuno improvisado que decía:
“Ibelis… aquí te traigo el regalo de Juan Formell…”
En ese instante el tiempo se detuvo. Sentí que la música me abrazaba, que la historia me atravesaba el alma.
Sentí —lo digo con el corazón— que Formell también estaba ahí.
Fue un regalo dentro de otro regalo. Un gesto que no se compra, no se pide, no se repite. Un momento único.
Manos que tocaron el corazón de un país
Las manos del maestro fueron responsables de más de 200 canciones, pero en realidad fueron responsables de mucho más que eso.
Con ellas se narró un país entero. Nuestra alegría, nuestra nostalgia, nuestra calle, nuestro sabor. La forma en que amamos, en que reímos, en que resistimos.
En esos dedos había barrio. Había sabiduría. Había ritmo. Había humanidad pura. Y esas manos, de alguna manera misteriosa y luminosa, también han marcado mi vida.
Cada vez que escribo sobre él, cada vez que trabajo por su legado, cada vez que un post mío lleva su nombre, siento que estoy honrando lo que él significó para mí y para Cuba. Porque esas manos no solo hicieron música. Esas manos hicieron historia. Y siguen, hoy más que nunca, marcando el compás de mi camino.
¿Qué representa para ti Juan Formell?
Te leo en los comentarios. Tu historia también forma parte de este legado.